Adversidad, alabanza y arte - El malón de la paz por las rutas de la Patria

 

FACULTAD DE PSICOLOGÍA Y PSICOPEDAGOGÍA

 

JORNADA  “LA PAZ Y EL ARTE”

 

Conferencias Multidisciplinarias

Buenos Aires, 15 de mayo de 2009

 

ADVERSIDAD, Y ALABANZA y ARTE.

“EL MALÓN DE LA PAZ POR LAS RUTAS DE LA PATRIA”

 

 

Claudia Alicia Forgione de Pelissero[1]

 

Lo que expondré tiene que ver con un hecho ocurrido hace ya muchos años, en 1946, un hecho que viene de la mano de un talentoso artista y hombre piadoso nacido en la Puna jujeña, en una, llamémosle ‘peregrinación’ -un ‘viaje por tierras extrañas’[2]-, junto a 146 personas: aborígenes y criollos de las provincias de Jujuy y Salta, para solicitar en Buenos Aires, sede de la capital del país, al entonces presidente de la Nación J. D. Perón, la propiedad de las tierras en las que ancestralmente habían vivido sus antepasados.

Hermógenes Cayo, nuestro protagonista, es un hombre acostumbrado a las vicisitudes que plantea un medio tan hostil como el Altiplano. Pastor de ovejas y cabras junto a Aurelia su mujer, y a sus hijos pequeños, Aurora y Pedro Pablo. Inigualable artesano textil, arquitecto espontáneo, esencialmente imaginero o santero empírico, talento que hereda de sus mayores: "Mi abuelo ya pintaba y mi padre también, yo salí mejoradito",según confesaba en 1967. A su mano se deben bellísimas obras de arte iconográfico religioso –imágenes de bulto-, también pinturas –en acuarela y témpera-, realizados a partir de los escasos elementos que el medio y sus posibilidades económicas le permitían: lata, cartón, madera y espinas de cardón. Vivía humildemente de su hacienda –cabras y ovejas- y de las obras por encargo de sus paisanos. Aurelia hilaba y Hermógenes tejía en el telar horizontal de ascendencia hispánica.            

No describiré la peregrinación que, desde Jujuy a Buenos Aires, les llevó tres meses[3] de marcha buscando el reconocimiento de la propiedad de sus tierras, que nunca fue satisfecha., hasta hoy año 2009.

Tampoco me detendré en la desilusión que embargó a estos hombres sencillos cuando las fuerzas del orden los sacaron arrojando gases lacrimógenos y a empellones del Hotel de Inmigrantes donde habían sido alojados por el gobierno nacional, subiéndolos a culatazos al tren de carga que los aguardaba en la estación Retiro del Ferrocarril Belgrano, a poco menos de un mes de haber arribado con mucho esfuerzo a Buenos Aires, caminando por trechos muy largos, también en camión, en ferrocarril, en burritos y unos pocos a caballo.

Emprendí mi camino el día 17 de mayo de 1946 a la hora doce del día, triste y pesaroso con dolor en mi corazón juntamente con la preciosa Virgencita en mis brazos, en compañía del teniente de Ingenieros Mario Augusto Bertonazco, jefe del Malón de la Paz… salimos tristes melancólicos miedosos, y dejando a mi familia en tanta aflicción sin provisiones de la despensa para sus alimentos, y sin dinero; yo salí sin abrigo necesario (...)[4]

 

Las jornadas de camino fueron de  10, de 8, de 14, 15, y hasta 18 leguas. La mayoría de los integrantes realizaron el camino a pie hasta llegar a los centros urbanos. El 12 de junio, casi a un mes de marcha a pie, nuestro protagonista, con otros compañeros, inicia el viaje en diversos trenes, y otros medios de transporte carretero. Pasan por varias provincias y ya rumbo a la ciudad de Rosario (Santa Fe) llegado al pueblo de Pilar, escribe Hermógenes: (…)

 

(…) conseguí una palma  la cual está aquí juntos con la Virgen y que es la palma que representa los martirios[5]de toda la Caravana y de mi con la Virgen y ultrajes hechos en todo el camino; esta palma testifica lo que se ha sufrido en esta cruzada. Y después al otro día recorrimos grandes distancias pasando varias estaciones /del ferrocarril/.

 

        Pasan por San Andrés de Giles[6] para continuar viaje a Luján

A las 4 de la tarde la Santa Basílica de Ntra. Sra. la Pura y Limpia Concepción de Lujan ya vemos sus hermosas torres (…) entramos al templo yo con mi Soberana de Copacabana en mis brazos y damos gracias a la Virgen de Luján por el viaje hasta allí bien (…).”

 

 

    Para Hermógenes serán la Basílica y la Virgen de Luján, y no Buenos Aires y el legítimo reclamo de tierras al entonces presidente Perón, el punto culminante de este largo camino jalonado de innumerables desaciertos. Podemos equipararlo, inspirados en las palabras del propio Cayo, a un itinerario pascual que habla de pasión y muerte pero también de resurrección: Pinto el Calvario. Me gusta hacer /pintar/ el Vía Crucis eso me llama a devoción. El sentimiento de lo sagrado unido íntimamente a su arte.

         La comitiva arribó a Buenos Aires, entrando por Liniers, un 3 de agosto, homenajeados por los congresistas nacionales que los esperaron a su paso por la Avenida Rivadavia, y ensalzados por los medios impresos. Pero “cuando los flashes de las cámaras fotográficas se apagaron” las autoridades del estado nacional dispusieron intempestivamente el regreso de la caravana a sus respectivas provincias: Jujuy y Salta[7].

 

Hermógenes, a pesar de las circunstancias adversas, transita la “ruta de la esperanza y de la victoria (…)”, en definitiva, para él, la respuesta a lo que genuinamente solicitaban “no es el patíbulo el final del camino”, sino la “victoria del mártir contra las potestades  infernales”  La victoria del Dios y del hombre sobre la incomprensión y la injusticia, como prefiguraciones de la muerte. Es este un espíritu imbuido de un verdadero genio creativo, genio que le permite trastocar la desdicha en alabanza. Es una mente que abierta a nuevas ideas –las que le proporciona el viaje y especialmente haber conocido la Basílica de Luján y a su Moradora-, le abren novedosos caminos a su inspiración.  Y los transitará confiado.

 

Mientras esta historia concluye tan abrupta como indignamente, merced a las arbitrariedades, intereses, y desencuentros políticos, volvamos a Luján porque son el templo y la imagen que alberga, los puntos de inflexión que encenderán, vuelto a su hogar, el fuego creativo.

 

“(…) Igual yo venía más contento que nunca porque traía a la Santísima Virgen,/la Virgen de Luján/ el único tesoro más precioso que ni tierras ni nada;  dende ahí soy devoto a la Virgen Santísima /de Luján/. ¡Yo soy el esclavo!” [8]

 

“(…) Y por fin el 1º de agosto dejamos Luján y cuándo lo veré ese majestuoso templo de mi adorada madre; para el consuelo que me llevaba era el cuadro hermoso de ella, y sus fotografías de su Santuario de Luján, eso me consolaba e iba contento por el camino a Buenos Aires, rendido y fatigado por el cansancio (…)”

 

Hermógenes vuelve a Miraflores de la Candelaria[9], y no se inmoviliza ante las realidades sufridas, sino que pone manos a la obra. Su pequeño oratorio privado hecho de piedra y ladrillos de adobe, imitará progresivamente la arquitectura y los atributos contemplados en la Basílica –fuente de inspiración-, que ha quedado reflejada en sus ojos, en su mente, en su corazón; la de las estampas y fotografías que trae de Luján:

Por más pequeño que sea, arco, ojiva, algo que tenga imitación y ponerle cartelitos /se refiere a las placas de agradecimiento que se encuentran en el interior de la Basílica, donadas por los devotos de la Virgen de Luján/  aunque ni de oro ni de plata /como los que hay en la Basílica/ y dende ahí he agrandado más la obra /el oratorio doméstico/ que tengo.[10]

 

La esperanza aparece intacta, indestructible. Fluye subterráneamente a su existencia –y paralelo a ella-, como un río siempre colmado que resalta en su continua alabanza a la que llama ‘mi Soberana’. Su Diario es testigo fiel. Solo si lo analizamos como miembro de la sociedad puneña, y a la visión de la realidad que de ella emana intuimos que el suyo es un pensamiento totalizador afirmado en lo sagrado, no fragmentado, que le posibilita superar las contingencias diarias y, en su caso personal, plasmarlo en obras de un arte vivido, antes que espontáneo.

 Esta actitud le permite acceder, una vez más, a una vida significativa y productiva cuyo soporte genuino reside en su arte singular que refleja sus creencias religiosas y la confianza depositada en sus seres potentes. La cultura a la que pertenece viene en su auxilio proporcionándole esta aptitud, una construcción cultural que visualizamos a través del estilo peculiar de un individuo.

Bienvenida seas Virgen Santísima de Luján! –Defendenos a nosotros en estas tierras tristes, vos que sois madre de los tristes, y ahora serás nuestra alegría y consuelo aquí.- Amén.”

 

Hermógenes, cuya vida retornó al origen de los tiempos en 1968, es el ejemplo de la cosmovisión cultural a la que perteneció, visión del mundo que hoy sigue conectada a lo sagrado de una manera difícil de comprender en profundidad para los que participamos de una cultura que, como la occidental, en forma muy general, ha depositado su confianza con exclusividad, en la dimensión científica-experimentable del andar del mundo y del hombre, provocando una ruptura significativa con la mentalidad simbólica creando “un abismo difícil de franquear que oscurece nuestra posibilidad de comprensión de estas otras realidades[11].

La adversidad y la alabanza, nuestro punto de partida y encuentro es asimismo nuestro cierre y encuentro que confío a las palabras del propio Hermógenes, que me eximen de cualquier especulación:

 

En esta benemérita ciudad de Nuestra Señora de los Buenos Aires, a los 27 días del mes de agosto del año del Señor de 1946, a hora dos de la tarde en el salón de /Hotel de los/ Inmigrantes del tercer piso, en el dormitorio nº  5, reescribo ésta en nombre de Dios y la Virgen y creyendo en la iglesia y en sus Santos y ministros de Dios y demás justos de la tierra y así se haga la paz reine en toda la Nación Argentina y demás naciones hermanas, así sea Dios Nuestro Señor bendiga mi escritura y mi divina Madre de Copacabana y de Luján, y confiando en ella pongo mi pluma en este librito de gracia y espigas de historia, y para la Perla de Miraflores de la Candelaria, a lo que empieza en esta forma devotamente.” (Diario de Viaje. Palabras iniciales. 1946)

 


[1] Licenciada en Ciencias Antropológicas y Dra. En Filosofía y Letras, especializada en Antropología Cultural (Etnología y Folklore), ambas por la UBA. Profesora e Investigadora en la Facultad de Historia, Geografía y Turismo de la USal. Actualmente presidenta de la Asociación Amigos de la Educación Artística –AAEA-.

[2] Primera acepción del término, según la Enciclopedia del idioma, de Martín Alonso.

[3] La caravana se inicia en Abra Pampa, Jujuy, un 17 de mayo de 1946. Durante el largo trayecto hasta la ciudad de Buenos Aires, se van agregando personas a la caravana. Llegan a la Capital Federal el 3 de agosto de 1946. Desde los balcones de la Casa de Gobierno los recibieron Perón, Farrell, y otros funcionarios.

[4] Citamos literalmente a Hermógenes Cayo. Las negritas son nuestras.

[5] La palma, en sentido figurado, hace referencia a la “victoria del mártir contra las potestades  infernales.” Martín Alonso.Enciclopedia del idioma.

[6] En “(…) San Andrés de Giles las haciendas nos miraban curiosos como saludándonos y las vacas mugían / en/  todos esos campos y potreros y nos venían a mirar de cerca: ¡qué hermosas haciendas, parece decían ¡pobre gente a donde irán? era  una cosa de pensar mucho. (Diario de Viaje. 1946.)

[7] Un diputado por Jujuy, Viviano Dionisio, interpone un habeas corpus ante este exabrupto, pero tiempo después es desestimado por Perón. Como declara el puneño Teófilo Gonza al diario Crítica, el 2 de octubre de 1946: Nosotros pusimos los votos. Pero ya no nos atiende", refriéndose a Iturbe, Gobernador peronista de Jujuy. Por último el “(…) 30 de noviembre, Perón declara que los integrantes del Malón de la Paz "no representaban las inquietudes ni las aspiraciones de los auténticos habitantes indígenas de nuestro norte".

[8] Extraído de la película “Hermógenes Cayo. El santero de la Puna”. Estrenada en 1969, filmada entre los años 1966 y 1967 en Miraflores de la candelaria, Abra Pampa, provincia de Jujuy. Fondo Nacional de las Artes. Asesoramiento General Dr. Augusto Raúl Cortazar, dirigido por el documentalista Jorge Prelorán. El término ‘esclavo’ hace referencia, en el área de cultura tradicional del noroeste argentino, a la persona –varón o mujer-, que por devoción se hace dueño y devoto de una imagen del santoral católico aceptando, por propio deseo y convicción, las obligaciones que la normativa de su cultura impone a los ‘esclavos’ o ‘dueños’. Para ampliar puede consultarse: Forgione, C. Claves de la cultura tradicional argentina. Noroeste, Buenos Aires, Universidad Libros, 2007:159. Pequeña Enciclopedia de Antropología Cultural, volumen 3 A-B.

[9] Abra Pampa, provincia de Jujuy.

[10] De la película “Hermógenes Cayo. El santero de la Puna”.

[11] Roberto M. Pitluk. “Scripta Ethnologica” v. XII, 1988/89.