Lo rupestre como puente de la paz

Universidad del Salvbador

Facultad de Psicología y Psicopedagogía

Jornada

LA PAZ Y EL ARTE

Buenos Aires, 15 de mayo de 2009

 

LO RUPESTRE COMO PUENTE DE LA PAZ

Norberto Pelissero[1]

 

                Creo que deberíamos empezar por el principio, como hacen las etnias prolijas y ordenadas. La cosa es que las culturas agropecuarias que habitaron nuestro noroeste, tan extenso como rico en posibilidades de todo tipo, nos han dejado pocos rastros de una mentalidad y una conducta bélica y agresiva. Cuando los arqueólogos excavamos sitios de asentamiento permanente y de producción en la vasta región que nos ocupa, encontramos entre la multitud de materiales diversos de la producción artesanal, un muy escaso porcentaje de piezas que puedan relacionarse con actividades bélicas y de agresión, como así que nos hablen de conflictos prolongados y de destrucción de unos contra otros de los pueblos andinos. Por lo general se trata de piezas o restos de las  mismas que se refieren a la vida cotidiana, plena de proyectos y acciones que están relacionadas con la agricultura y la ganadería, el manejo de las aguas de riego, la construcción de viviendas y corrales o represas para el agua, tan escasa como necesaria. Pero un aspecto que debemos atender con especial atención es el de la plástica rupestre. Este ámbito de actividad es el que nos pone de la mejor manera para establecer una relación íntima con pueblos que no dejaron documento escrito alguno, mientras que si fueron prolíficos en la preparación de paneles y murales con toda clase de inscripciones, grabados y pinturas, siempre referidas a la vida, ceremonias y situaciones, que nos ‘hablan’ acerca de sus circunstancias, y que deben ser interpretadas como un sistema simbólico que les sirvió para trasmitir mensajes a lo largo de los días que ocuparon en sus interminables caravanas de intercambio, relación con otros sistemas culturales y otros pueblos del mismo al que pertenecían. Lo rupestre es el documento ‘escrito’ de los pueblos ágrafos, esos de la prehistoria de la Humanidad en todo rincón del planeta, ya sea en el Viejo como en el Nuevo Mundo. Es la materialización de situaciones y circunstancias en que el hombre fue diciéndole al vecino y al compañero de fatigas y celebraciones, de momentos felices y amargos todo lo que acaecía. Ojala algún día nuestra incompleta ciencia prehistórica pueda descifrar ese lenguaje hermético de la grafía paleolítica y etnohistórica de nuestros antepasados para poder disfrutar de esos diálogos que deben ser tan ricos en mensajes y noticias y que deberíamos leer como un diario de viaje o de una bitácora de los que nos antecedieron en el viaje de la vida, por las mismas regiones que nosotros hoy en día tratamos de comprender la vida de los que ya no están en el paisaje. 

 

En la primera vista, nos encontramos ante un paisaje del cual el hombre prehistórico dispuso libremente. Los cerros al fondo son aquellos en los cuales vivió y celebró sus rituales. Todo el paisaje es el entorno y su ‘casa’, a la vez.

La segunda imagen nos muestra a ese hombre en un momento de solaz, de alegría de celebración, de rogativa? Lo decimos en forma de pregunta, quizás lo haya sido todo al mismo tiempo. Creo que si participamos de las  festividades en la zona son algo así como “todo a la vez”, el hombre no se divierte como hacemos nosotros, lo hace ceremonialmente, ya que la ceremonia está integrada por una serie de situaciones y sentimientos que hacen que un Carnaval, por ejemplo, no se reduzca solamente al hecho de bailar y emborracharse por el solo hecho de hacerlo. Es algo más: es la celebración de la vida que comienza y de la actividad del año que se inicia o culmina y que hay que inaugurar. Pero en esa escena no están solamente los participantes, si nos ponemos detrás de la ‘cámara’ podríamos ser parte de los espectadores, de los que participan pasivamente del rito y que alientan a los activos. Es todo el pueblo el que está presente en la ocasión. Todos en paz consigo y con el grupo.

Pero el hombre no está siempre presente en totalidad anatómica, sólo un aspecto de su humanidad lo representa. El pie y la mano quizás son lo más identitario de nuestro cuerpo: sólo el hombre usa estas extremidades como lo hace él, y se expresa con sus gestos, ya sea en la danza como en su cultura gestual que lo hacen también único. La sola presencia de ellos nos dice que hubo alguien con nombre propio en el lugar y que decidió hacer algo.

En esta vista, quizás estamos ante un particular de la anterior aunque sea una escena de otro sitio –Inca Cueva- pero la situación es semejante: dos participantes en un acto erótico, danzando y en acto sexual de aproximación mutua, del cual nosotros hemos tenido oportunidad de observar personalmente en ocasión de un carnaval en Juella en que las mujeres eran perseguidas por los muchachos. Nuevamente el hombre en Paz con sus semejantes y con sus sentimientos con sus valores como soporte, en especial el Amor.

En la cuarta imagen nos encontramos en una situación muy especial de rogativa, por parte de un Orante que, ante la asamblea esta en posición sacerdotal de elevación –ya sea de oración oral o de elevación de una ‘forma’ como la Hostia consagrada- en una actitud como la de un sacerdote católico que dirigiéndose a los fieles muestra la Hostia a todos. Es el hombre ante sus potencias espirituales e invitando a los presentes a adoptar la misma actitud. Nuevamente una forma de compartir lo que parece ser exclusivo del celebrante, con los demás de la comunidad para hacerse uno con su pueblo, la Paz del hombre con su entorno y el sostén de las potencias ya sean celestiales como uránicas, todas deben ser convocadas y celebradas, porque todas actúan sobre la vida del propio grupo.

La siguiente imagen casi fotográfica de una vulva diseñada realísticamente, labios mayores, labios menores, vello púbico, como de manual de anatomía, en que el hombre hace patente su condición de integrante de una naturaleza común con los demás de su comunidad -como con la de los animales que le pertenecen-, y con los cuales ya sea por la relación amorosa o de trabajo, está también en Paz y requiere los mismos sentimientos de su prójimo.

Ahora si completamos la serie de fotos de plástica rupestre con una imagen que habla por sí sola acerca de lo que puede ser la representación más clara de Paz entre los hombres. Este es el mensaje de una escena de la mejor maternidad que alguna vez observé a lo largo de  muchos años de viajar por el noroeste y estudiar sitios arqueológicos con ojos de especialista. La llama, único ganado americano anterior a la llegada de los vacunos y equinos de la mano de los europeos colonizadores, da de mamar a su cría, con la presencia del hombre, su dueño y señor, como custodiando el hecho para que todo salga bien y en Paz. Creo que esta sensación de paz que nos da la escena no es solamente algo personal de mi parte sino que de por sí crea un clima de serenidad que tanta falta nos hace en los días que corren, no? Pero como en la anterior imagen en la cual el Orante estaba ante la presencia de espectadores, también nuestra maternidad está ante un público que es testigo del suceso, siempre lo que hacemos parecería que es visto por alguien, en el momento en que la cosa sucede o, más adelante en el tiempo histórico, por parte de un observador viajero. 

Lo vimos, creo, en cada una de las imágenes observadas: todo es diálogo, mensaje, trasmisión de ideas y novedades, de una necesidad de conservar para los tiempos venideros el recuerdo de situaciones vividas y de necesidades y formas de resolverlas. Quizás estén de acuerdo conmigo de que no se trata de arte como nosotros lo entendemos, pero si una especie de proto-escritura de la cual todavía no hemos hallado el método para traducirla, pero de la cual nos llega el mensaje propio de gentes que vivieron su mundo con la misma o mayor intensidad que otros pueblos, por haber gozado de una mayor intimidad con el entorno, no tan ‘civilizado’.

 

[1] Lic. en Ciencias Antropológicas y Dr. en Filosofía y Letras por la UBA.